jueves, 8 de mayo de 2014

San Pascual Bailon

Pascual, nombrado Bailón, nació en el año de 1540 en Torre Hermosa, que es una villa del reino de Aragón. Sus padres ganaban el sustento trabajando la tierra, y eran tan miserables que no tuvieron aun posibilidad para hacer enseñar a leer a este hijo suyo: pero él niño Pascual tenia tan extraordinaria inclinación al estudio, que cuando iba al campo llevaba consigo un libro, y pedía a todos los que encontraba le enseñasen a leer; y con aquello poco que le iban enseñando, ahora el uno, ahora el otro, en breve tiempo llegó a saber leer. De esta habilidad se sirvió para leer libros devotos, que le pudiesen ayudar a aprender las obligaciones de un cristiano, y halló tal gusto en leer estos libros, que empleaba en su lectura todo el tiempo que podía, no haciendo caso de juegos ni de otras diversiones, y por este medio le inspiró el Señor tan grande amor a las verdades del santo Evangelio, que no cuidaba de cosa alguna de este mundo, entendiendo solo a agradar y servir a Dios nuestro Señor.
Cuando fue algo mas crecido y apto para servir, entró en casa de un labrador que le destinó a guardar su ganado en calidad de ayudante del mayoral: contentísimo de la vida inocente que llevaba, procuró tener su mente siempre fija en Dios, excitándose a considerar y adorar su omnipotencia e infinita sabiduría, mirando las yerbas y plantas y las otras producciones del campo, y atribuyendo siempre la fecundidad de la tierra a la inefable bondad de Dios, de quien todo depende, mas presto que a las causas segundas. En una palabra, en todas las cosas miraba con los ojos de la fe a Dios creador y conservador de las mismas;y de este modo lo que a los otros les sirve de distracción y disipación de espíritu, era para Pascual un estímulo para tener el espíritu mas recogido y unido con el Señor. De aquí es, que ningún caso hacia de los bienes de este mundo, que los hombres tanto aman y desean, aspirando solo con todo su afecto a los bienes del cielo. En efecto, queriendo su amo (que era un hombre muy rico) adoptarle por hijo y hacerle heredero de todos sus bienes, Pascual le dio muchas gracias de la buena voluntad y amor que le mostraba, pero le rogó le dejase en su estado, pobre a la verdad y humilde, pero mas conforme a Jesucristo, su supremo Señor, el cual no había venido al mundo para ser servido sino para servir.
Pero por mas que Pascual amo su oficio de pastor, encontró en él algunas dificultades que le hicieron tomar la resolución de abandonarle. Una de ellas fue, que guardando un rebaño de cabras, por mas diligencias que hiciese no podía impedir que alguna vez no se le escapasen a pacer en las dehesas y campos de otros dueños: esto le daba muchísima pena , porque se creía obligado a reparar todo el daño que causaba el ganado, aun cuando no lo podía impedir, de modo que por escrúpulo de conciencia no quiso jamás guardar cabras. Pero en guardar otro ganado encontró también otras dificultades, porque como
aquellos con quienes había tal vez de vivir, estaban muy lejos de tener su virtud y piedad, blasfemaban y maldecían, reñían entre sí, y llegaban frecuentemente a las manos: Pascual los reprendía a veces con caridad y procuraba ponerlos en paz; pero las mas veces no sacaba otro fruto de su caridad que ser maltratado de los mismos que procuraba sosegar y pacificar, los cuales se volvían contra él. Por lo que, viendo que el mundo estaba lleno de vicios, resolvió abandonarle enteramente y retirarse a alguna religión, donde con mayor seguridad pudiese trabajar para su eterna salvación.
Comunicó el santo en confianza este pensamiento a algunos amigos suyos, los cuales le propusieron para el proyectado retiro,un convento que tenia buenas rentas, donde podría gozar (le decían) de toda su comodidad: mas esto solo bastó para que Pascual lo desechase: «He nacido pobre (respondió), y quiero vivir y morir pobre y penitente: se encomendó, pues, con mucho fervor a Dios nuestro Señor, para que le hiciese conocer su santa voluntad; y poco después, no teniendo mas que veinte años, dejó el amo y la patria y pasó al reino de Valencia, donde se presentó a un convento de religioso de san Francisco, de la reforma de san Pedro de Alcántara. Este convento se llamaba de nuestra Señora de Loreto y estaba cerca de la villa de Monforté. Quedó Pascual muy edificado de la caridad con que fue recibido y tratado en aquel convento; pero, o fuese por timidez, o por discreción, queriendo tomarse mas tiempo para deliberar en tal asunto, no osó pedir el hábito; por lo que se acomodó con algunos vecinos de aquellos lugares para sacar al campo su ganado. Bien presto fue conocida y admirada su piedad, por lo que comúnmente le llamaban el pastor santo; mas él lleno de temor por un título de tanta honra, y queriendo vivir para su mayor seguridad desconocido de los hombres, pidió a los padres de aquel convento le recibiesen en calidad de fraile.
Ellos le recibieron con mucho gusto, de modo que querían admitirle por religioso de coro; mas él jamás quiso consentir a este honor y fue preciso ceder a su humildad. Entró en el noviciado el año 1561, y empezó a vivir de modo que hizo conocer a todos el sublime grado de santidad a que había de llegar. Observaba la regla de san Francisco con una increíble exactitud, haciendo caso de todas las cosas que en ella se prescriben, aunque fueran muy mínimas, y procurando revestirse todo lo posible del espíritu de su santo fundador. Jamás se oía que hablase mal, ni que se quejase de ninguno : sus asperezas eran mucho mayores de las que están ordenadas en la regla; porque todo su alimento consistía en pan y agua, y a lo mas en algunas yerbas.
Llevaba continuamente un cilicio de cerdas de puerco con una pesada cadena de hierro que se ceñía sobre sus desnudas carnes, a mas de otras dos espuelas de caballo que traía, la una sobre su pecho y la otra sobre sus espaldas debajo del cilicio. Dormía sobre la desnuda tierra o bien sobre unas tablas, y a veces ni menos se echaba, sino que sentado o reclinado en alguna. postura incómoda, tomaba el descanso que le era necesario, el cual jamás excedía de tres horas. Frecuentemente pasaba las noches enteras en una pequeña celda que no tenia ni puerta ni techo; trabajaba en el huerto siempre con la cabeza descubierta, aun en los mas fuertes calores: jamás usaba de alpargatas,sino que caminaba con los pies desnudos, así en el invierno como en el verano; y en cualquier país en que se encontraba, o fuese frió o caluroso, no usaba de más vestidos que de una sola túnica que era las mas vil y remendada del convento. Este tenor de vida mantuvo siempre en todos los conventos a donde lo enviaron sus superiores, conservando en todas partes el mismo espíritu de mortificación, de humildad y de obediencia, viviendo siempre contento de su estado y buscando solamente en todos los conventos los oficios mas bajos y mas trabajosos, porque deseaba ser tenido y tratado como siervo de todos.
Aunque sus cotidianas mortificaciones fuesen tan extraordinarias y superiores a las fuerzas humanas, todavía en las fiestas, particularmente de los mártires, las duplicaba, azotándose rigurosamente hasta quedar todo cubierto de sangre, para hacerse de este modo semejante a aquel santo, cuya memoria y fiesta se celebraba; y rogaba continuamente a Dios nuestro Señor, quisiese aceptar aquellas mortificaciones en vez del martirio que deseaba ardientemente padecer por su amor: y si bien el Señor no le hizo la gracia de cumplirle plenamente este su santo deseo, le presentó sin embargo una ocasión en odio de la católica religión, que le faltó poco para conseguir la palma del martirio.
Se hallaba en aquel tiempo el general de la religión de san Francisco en la ciudad de París, y como el reino de Francia estaba entonces lleno de hugonotes que no daban cuartel a ningún religioso que llegase a sus manos; enviar uno de ellos para que se presentase a su general, era lo mismo que exponerle a un riesgo inminente de perder la vida a manos de los herejes, como en efecto acaeció a muchos. El provincial de Valencia tenia una precisa necesidad de enviar una persona con carta suya a su general para un asunto de suma importancia; pero nadie quería tomar sobre sí este encargo y exponerse a este peligro; por lo que puso el provincial los ojos sobre nuestro Pascual, del cual se sabia ya por experiencia cuán pronta y ciega era su obediencia. En efecto, él aceptó esta comisión con mucho júbilo y contento, y sin proponer ningún reparo, se puso luego en camino con los pies desnudos, y sin tomar provisión alguna para un viaje tan largo y difícil.
Así que llegó al reino de Francia, atravesando intrépidamente en medio del día las ciudades en que dominaban los hugonotes, padeció de ellos muchos y gravísimos insultos. Frecuentemente gritaban tras él :   ¡ Oh aquí el papista, Oh aquí el papista! y muchas veces le seguían a pedradas; la gente vulgar de la ínfima plebe se unía a los muchachos y los incitaba a cargarlo de villanías, y alguna vez de palos; de los cuales en una ocasión le quedó una espalda tan maltratada, que quedó estropeado de ella todo el resto de su vida. Hallándose en la ciudad de Orleans, fue cercado de una tropa de gente que le preguntó; ¿ si creía que en la Eucaristía estaba verdaderamente el cuerpo de Jesucristo? a lo que respondió Pascual con toda resolución : que lo creía, y que esto era indubitable. Algunos probaron si podrían enredarle, haciéndole varias preguntas de cosas abstractas y sutiles; pero Dios que había prometido a los apóstoles que hablaría él mismo por su boca en semejantes ocasiones, inspiró a Pascual respuestas tan juiciosas y cuerdas, y tan llenas de sabiduría, que los mismos que le hacían aquellas preguntas quedaron confundidos y avergonzados, y no sabiendo como replicar a sus respuestas, empezaron a tirarle piedras, de las cuales quedó herido en varias partes de su cuerpo.
Habiendo escapado de este peligro, cayó en otro: porque pasando por delante de la puerta de un castillo, se paró allí a pedir de limosna un pedazo de pan, como lo solía hacer cuando la hambre le apretaba. El señor de aquel lugar, que era hugonote y enemigo jurado de los católicos, estando entonces en la mesa , oyó decir que a la puerta estaba un fraile muy mal vestido que pedía limosna. Mandó que le hiciesen entrar, y considerando aquel hábito roto y su cara macilenta, juró que era un espía español, y sin duda lo habría hecho morir si su mujer, movida a la compasión del santo, no le hubiera librado de sus manos, sin darle empero un solo bocado de pan. Prosiguió Pascual su viaje, así débil y extenuado de la hambre, hasta que entrando en una villa, una buena mujer católica le alentó, dándole un poco de comer; pero aquí quedó expuesto aun nuevo riesgo de perder la vida: porque el vulgo, incitado de la curiosidad de ver aquel su hábito, le rodeó por todas partes en crecido número, y uno de ellos le echó la mano y lo encerró dentro de una caballeriza. El santo, hallándose en aquel estado, no pensó en otra cosa aquella noche que en prepararse para la muerte que creía había de sufrir al día siguiente: pero acaeció muy al contrario; porque el mismo que le había encerrado, vino a la mañana a verle, le dio una limosna y le puso en libertad. De este modo en medio de mil peligros llegó el santo a París, y habiendo cumplido su comisión dio prontamente la vuelta para España. En este regreso, viéndose el santo libre y que no llevaba encargo o comisión alguna, deseaba derramar su sangre en defensa de la fe católica; y en efecto tuvo varios encuentros, y se halló en diversos peligros de perder la vida; pero Dios le preservó y le protegió para que escapase de todos. por lo que el santo después se condolía que le hubiese estimado indigno del martirio: pero si no fue mártir de la fe, lo fue ciertamente de la obediencia, por la cual en un tan largo camino había expuesto continuamente la vida al riesgo de perderla.
Después que Pascual se hubo restituido a su convento de España, volvió a tomar desde luego sus acostumbrados empleos, y continuó en vivir con el mismo espíritu de humillación, de pobreza y de penitencia; dando a sus hermanos admirables ejemplos de abstinencia, de mortificación y de paciencia. Un cúmulo de tantas virtudes, junto con los dones de profeta, de contemplación, de discreción de espíritu, de penetración de los corazones y de hacer milagros, con que el Señor había enriquecido a este su fiel siervo, le conciliaron de tal modo la estimación y la veneración de todos, y particularmente de sus religiosos, que los mismos superiores no hallaban reparo en aconsejarse con él en los negocios mas difíciles, y en encargarle el gobierno del convento cuando estaban ausentes; habiendo comprobado por la experiencia cuán alumbrado estaba de Dios, y cuánta era la eficacia de sus santos ejemplos para contener a los demás, y hacerles observar la regla que habían profesado. En los últimos años de su vida pasaba casi todas las noches en la iglesia: sobre todo tenia una tiernísima devoción a la pasión de Jesucristo, y esta era la materia ordinaria de su oración y contemplación: de ella sacaba siempre nuevo esfuerzo para mortificarse y humillarse, y buscar siempre el padecer, a fin de imitar los ejemplos de su divino Salvador, humillado, paciente y muerto sobre una cruz por su amor. También era grande la devoción que tenia a la Virgen santísima, a la cual pedía continuamente le alcanzase la gracia de vivir lejos de cualquier pecado, hasta el fin de su peregrinación.
Murió Pascual lleno de méritos en Villareal, siete leguas distante de Valencia, a 17 de mayo de 1592, a los cincuenta y dos años de edad, de los cuales había pasado veinte y ocho en la religión de san Francisco. Su cuerpo quedó tres días expuesto en la iglesia para satisfacer la devoción del pueblo que fue testigo de un gran número de milagros que Dios obró en aquella ocasión por intercesión de su siervo: entre los cuales fue muy admirable el de que al elevar el sacerdote la sagrada Hostia en el oficio solemne que se le cantó, dos veces abrió y cerró sus ojos.
La santidad de Paulo V  le puso en el catálogo de los beatos, y la santidad de Alejandro VIII le canonizó solemnemente.
Entre los muchos milagros con que Dios nuestro Señor manifestó la santidad de su siervo, aprobó la silla apostólica los siguientes.
El primero el de la incorrupción de su cuerpo; pues aunque cuando le dieron sepultura echaron sobre él mucha cantidad de cal, con todo permaneció sin la menor corrupción, exhalando además un olor suavísimo, que la misma santa sede declaró ser también milagroso.
Otro milagro estupendo obró Dios nuestro Señor por intercesión de'san Pascual, aprobado por la santa sede: porque padeciendo cierto lugar mucha falla de agua , un labrador llamado Domingo Pérez, implorando el auxilio del santo, buscó agua en un paraje muy seco, y el primer golpe que dio con su azadón salió una fuente de agua dulce, que mana continuamente, y que jamás crece ni se disminuye; con lo que se remedió la pública necesidad del lugar, que tuvo bastante agua no solo para sus habitantes, sino también para todos sus ganados.

martes, 6 de mayo de 2014

Santa Buena, virgen

Buena, a quien los egipcios llaman Cordimunda, fue natural de Egipto, de real estirpe y sangre. Su padre se llamó Zabul, noble sátrapa: su madre se llamó Ziba. Fue hermosísima de cuerpo; pero mucho mas de ánimo y virtudes. No era bautizada cuando murieron sus padres: y así quedó niña huérfana en la tutela de sus parientes: pero muy rica de bienes de fortuna; por lo cual un caballero mozo, rico y principal como ella, la pidió en matrimonio para cuando tuviese edad : a quien ella respondió, que ya estaba desposada con Cristo desde su infancia, y le le había dedicado su virginidad; y así que ofreciese sus grandes riquezas a otra, como a ella se las ofrecía, que las estimaría mas, porque ella ni las estimaba, ni hacia caso de las suyas, cuanto y mas de las ajenas; y que tuviese entendido que jamás mudaría de ánimo. Con esta respuesta se volvieron como unas fieras los parientes, a cuyo cargo estaba, contra ella, y ya con ruegos y promesas, ya con amenazas crueles, procuraban disuadirla de su santo propósito. La santa niña Buena, temiendo la violencia que podían e intentaban hacerle,  huyó secretamente de casa de sus deudos, y  fue a un monasterio de sagradas vírgenes, donde pidió con lágrimas a la madre portera la recibiese: a que respondió la religiosa, que ella no podía recibirla sin orden y licencia de la madre abadesa. Estaba en oración la santa abadesa, y tuvo revelación de lo que pasaba en la portería, y quien era la que quería entrar: y así al instante dio orden de que le abriesen la puerta y dejasen entrar.
Tan gozosa estaba Buena, como si hubiera entrado en la gloria: pidió el santo hábito con humildad, el cual le dio al punto gustosa la abadesa. La buscaron sus deudos con gran cuidado y solicitud; y al fin la hallaron : que el oro tiene calidades de sol, que todo lo descubre, y de rey, que todo lo sujeta. Al punto que supieron donde estaba, fueron al monasterio, y dijeron a la madre abadesa, que aquella niña era gentil: con cuya noticia daban por conseguido su intento, que era llevársela; porque juzgaban la despedirían al instante las monjas. Buena confesó buenamente ser verdad lo que decían ; pero pidió al instante el santo bautismo, el cual le dio un santo sacerdote, que gobernaba y tenia cuidado de la iglesia del monasterio: con que se fueron burlados los deudos de la santa virgen, y ella se quedó en su cielo, recibiendo bautismo y velo a un tiempo, y consagrando de nuevo con solemne y perpetuo voto a Dios su virginidad y pureza, siendo de edad de doce años. Comenzó a hacer una vida tan santa, penitente y ejemplar, que era envidia a todas las santas religiosas y gloria a su divino esposo y amante Jesús.
Tenia especial amistad y cariño, entre las demás, a una santísima religiosa, cuyas virtudes en todo seguía. Esta tuvo una grande enfermedad : y siendo visitada de todas las religiosas del monasterio, solo Buena, su querida y grande amiga, no la vino a ver; porque  estaba en oración en la iglesia, donde le reveló Dios como se quería llevar para si a su grande amiga para darle el premio de sus virtudes: con la divina revelación, Buena, perseverando en su oración, le pidió a su dulce Esposo, que pues se hallaba a su grande amiga y compañera, fuese servido de llevársela también a ella, para que las que habían sido compañeras en el monasterio, lo fuesen también en el cielo. Al punto que acabó su humilde petición, bajó una voz del cielo que le dijo, como había sido oída su petición, y se le había concedido. Entonces, dando infinitas gracias a Dios por favor tan singular, se levantó gozosa y alegre y se fue a visitar a su amiga, a quien contó cuanto le había pasado: con cuya alegre nueva la amiga dio su alma a Dios. De allí a tres días, la tercera noche después del glorioso tránsito de esta santa religiosa, estando la abadesa en oración, o sueño dulce, vio un joven hermoso y resplandeciente,que le quitaba el velo de la cabeza, y le escondía y guardaba en una caja: y preguntándole, qué quería significar aquello; respondió, que aquel día quedaría sin Buena: porque se la quitaría su Esposo y se la llevaría a su gloria. La mañana siguiente, juntas todas las monjas, y entre ellas Buena, buena y sana, refirió la abadesa el sueño que había tenido aquella noche: y al instante se oyó la voz de un ángel que la llamaba a la patria celeste: la cual, obedeciendo a la dulce y deseada voz puesta en medio de todas las religiosas, sus hermanas, levantó los ojos al cielo, dando gracias a su divino Esposo por tan singular beneficio, gozosa y regocijada, cantando salmos a que todas la ayudaban, sin dejar de llorar y derramar copiosas lágrimas, por la ausencia de su querida hermana, aunque mezcladas con el gozo de considerar cuánto mejoraba de vida; despidió su purisimo espíritu, que entregó a su Creador, a los doce de setiembre. Su cuerpo quedó tan hermoso, que causaba admiración mirarle: y luego lo rodeó una luz del cielo tan clara y resplandeciente, que era una gloria todo el monasterio; y tanto mas, cuanto al resplandor de la luz se llegaba la fragancia suavísima de un olor celestial que despedía el mismo cuerpo, durando la luz y olor admirable todo el tiempo que tardaron a darle la debida sepultura. Se la recuerda el 12 de setiembre