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San Alejo su vida




Alejo, en latín Alexius, proviene de a (muy) y de lexis (palabra), y en el caso de este santo significa "muy cimentado en la palabra de Dios".


Los padres de Alejo


Alejo fue hijo de Eufemiano, un hombre perteneciente a la más encumbrada nobleza romana, tan insigne por su linaje que ocupaba el primer puesto entre los cortesanos del emperador, y tan rico que tenía a su servicio tres mil muchachos esclavos a los que vestía con túnicas de seda sujetas a la cintura con cordones de oro.

Además de noble y rico, Eufemiano era muy misericordioso con los pobres. Todos los días se preparaban en su casa tres comedores: uno para dar de comer a huérfanos, otro para socorrer a viudas, y otro para atender a peregrinos. Él mismo, con admirable diligencia, se ocupaba personalmente de que todo estuviera dispuesto para que la abundante comida se sirviera diariamente a la hora de nona. A la misma hora comía también él.

Todos los días sentaba a su mesa a algunas personas de reconocida virtud, y procuraba que todos los comensales se comportaran con temor de Dios. Su esposa, tan piadosa y caritativa como él, se llamaba Aglaes.


El nacimiento de Alejo


Después de varios años de matrimonio sin haber tenido descendencia, el Señor tuvo a bien atender las oraciones de estos esposos concediéndoles un hijo, al que pusieron por nombre Alejo. En cuanto nació este niño, ambos esposos, de común acuerdo, se comprometieron a observar perfecta castidad por el resto de sus vidas.

A su debido tiempo, Alejo comenzó a estudiar artes liberales, y al terminar con gran aprovechamiento el aprendizaje de las diferentes disciplinas filosóficas, como ya había entrado en la pubertad, sus padres eligieron entre las doncellas de la corte imperial una joven adecuada y se la dieron a su hijo por esposa.


La noche de bodas y la partida


La misma noche de la boda, al quedarse los dos recién casados a solas en la cámara nupcial, Alejo empezó a instruir a su joven mujer en el temor de Dios y a explicarle las excelencias de la virginidad. Cuando concluyó su enseñanza, le entregó su propio anillo de oro y la hebilla de su cinturón y le dijo:

—Ten estos dos objetos. Consérvalos hasta que Dios quiera, y que Él esté siempre con nosotros.

Seguidamente tomó algo de dinero, salió de casa y, amparado por la oscuridad nocturna, caminó hasta la costa, tomó pasaje en un navío que estaba por hacerse a la mar, y a bordo del mismo llegó a Laodicea.


Diecisiete años en Edesa


Desde Laodicea se trasladó a una ciudad de Siria llamada Edesa, en la que se veneraba una imagen de Nuestro Señor Jesucristo grabada milagrosamente en una sábana. En cuanto llegó a Edesa, repartió entre los pobres todo el dinero que le quedaba de lo que tomó en su casa, dio sus ricas ropas a un mendigo, se vistió con los harapos que éste a cambio le cedió, e inició una vida de mendigo uniéndose a un grupo de indigentes.

Diariamente pedía limosnas, mezclado con ellos, en el atrio de la iglesia de Santa María Madre de Dios, conservando para su sustento solamente lo estrictamente necesario y entregando el resto de lo recogido a sus compañeros.

Cuando Eufemiano se enteró de la voluntaria desaparición de su hijo, se llenó de dolor e intentó por todos los medios averiguar su paradero. Con este fin envió criados suyos por todas las partes del mundo, rogándoles muy encarecidamente que lo buscaran con la mayor diligencia.

Algunos de estos enviados fueron a dar a Edesa, pasaron junto a la iglesia de Santa María, socorrieron uno por uno a todos los pobres que pedían limosna en el atrio —también a Alejo—, pero no lo reconocieron. Él, en cambio, sí los reconoció a ellos, mas se hizo el disimulado y sin decirles nada dijo interiormente, bendiciendo al Señor:

—¡Gracias, Dios mío, ¡porque has dispuesto las cosas de modo que yo haya tenido que ser socorrido por mis propios siervos!

Uno tras otro fueron regresando los criados a casa de su amo con la misma mala noticia: que por las tierras que habían recorrido nadie pudo darles referencias del hombre a quien buscaban.


El dolor de la familia


En cuanto a Aglaes, cuando supo que Alejo había desaparecido, extendió un saco en el suelo de su dormitorio y, postrada en él, pasaba los días y las noches llorando y diciendo:

—No me levantaré de aquí ni cesaré en mis llantos hasta que mi hijo regrese a casa.

Algo parecido hizo la esposa de Alejo, que se unió a su suegra y le dijo:

—Como tórtola solitaria permaneceré junto a ti. No dejaré de gemir mientras no oiga resonar en mis oídos la voz de mi dulcísimo esposo.


El milagro en Edesa y el regreso a Roma


Diecisiete años llevaba Alejo sirviendo a Dios como mendigo y pidiendo limosna en el atrio de la referida iglesia, cuando un día la imagen de la Bienaventurada Señora que en ella se veneraba habló con el sacristán del templo y le dijo:

—Haz pasar a ese hombre de Dios, puesto que es digno del reino de los cielos. El Espíritu divino descansa sobre él; su oración sube constantemente como una nube de incienso hasta el trono del Señor.

Como el sacristán diera a entender a la Virgen María que no sabía de quién le estaba hablando, la imagen le aclaró:

—Me refiero a ese que está en el atrio, sentado en el suelo.

El sacristán entonces salió rápidamente del templo, llegó al atrio donde en aquel momento solo uno de los pobres estaba sentado en el suelo, lo tomó de la mano y lo introdujo en la iglesia. El mendigo en cuestión resultó ser Alejo, a quien la gente empezó a venerar porque la noticia de este hecho se extendió prestamente por toda la ciudad.

Pero como Alejo no quería gloria humana, huyó de Edesa y se marchó a Laodicea, donde, para alejarse aún más, poco después de su llegada se embarcó en una nave que se hacía a la mar con rumbo a Tarso de Cilicia. Pero quiso Dios que el barco en que navegaba, impelido por el viento, en lugar de recalar en Tarso lo hiciera en el puerto de Roma.

Cuando Alejo se dio cuenta de que había llegado a su patria se dijo para sí:

—Volveré a la casa de mi padre, mas no me daré a conocer, y sin molestar a nadie en ella viviré de la caridad que allí se practica.


Diecisiete años en casa de su padre


Al aproximarse al palacio familiar vio en la calle a su padre, rodeado de gran multitud de criados, se mezcló entre ellos y comenzó a gritar diciendo:

—¡Oh, siervo de Dios, soy un pobre peregrino! Di a tus esclavos que me admitan en tu casa; ordena que en ella me socorran con las migajas de tu mesa. También tú eres peregrino, y si tienes misericordia de mí, el Señor la tendrá aún mayor de ti.

Eufemiano, al oír esta petición, se acordó de su hijo y por amor a él mandó a sus siervos que se hicieran cargo de aquel hombre, que le dieran albergue en algún lugar del palacio y le proporcionaran diariamente el sustento necesario. Incluso designó a uno de ellos para que se cuidara habitualmente de que el forastero estuviera debidamente atendido.

Así fue como Alejo se instaló en casa de su padre y en ella organizó su vida a base de continua oración, ayunos y otras penitencias con las que maceraba su cuerpo.

No tardaron los criados en convertir al recién llegado en objeto permanente de sus burlas: se reían de él, lo insultaban, arrojaban sobre su cabeza las aguas sucias que habían utilizado antes para lavarse ellos o para fregar. Alejo, con inagotable paciencia, soportó día tras día y año tras año todas las injurias y malos tratos que los esclavos de su padre quisieron infligirle.

En esta situación permaneció en la casa paterna, sin que nadie lo reconociera, durante diecisiete años, al cabo de los cuales supo por una revelación interior que su muerte estaba próxima. Al saber que pronto iba a morir, pidió que le proporcionaran los objetos necesarios para escribir, y escribió una larga carta en la que relataba la historia de su vida.


La voz celestial


Un domingo, durante la celebración de la misa solemne en la iglesia principal de Roma, se oyó dentro del templo una voz celestial que decía:

—¡Venid a mí los tristes, los cansados, los afligidos, que yo os aliviaré!

Al oír esta voz misteriosa, todos los asistentes, asustados, cayeron de rodillas y postraron sus cabezas sobre el suelo. Y mientras permanecían en esta actitud, oyeron de nuevo la misma voz, que en esta segunda ocasión les dijo:

—¡Buscad al hombre de Dios para que ore por Roma!

Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién podría ser aquel hombre a quien deberían buscar. Y mientras, intrigados, mutuamente se hacían estas preguntas, resonó por tercera vez la voz de antes diciendo:

—¡Buscadlo en casa de Eufemiano!


El descubrimiento


Eufemiano, que estaba presente, manifestó que no sabía a quién podía referirse la voz celestial y, acompañado de los emperadores Arcadio y Honorio, del papa Inocencio y de los demás obispos de Roma, se dirigió a su palacio para tratar de localizar al misterioso hombre.

Cuando aún no habían llegado a él, les dio alcance el criado encargado de atender a Alejo y dijo a su amo:

—Señor, ese a quien se nos manda que busquemos, ¿no será acaso el peregrino que desde hace tanto tiempo tenemos alojado en casa? Digo esto porque es persona de mucha paciencia y de gran santidad.

Eufemiano entonces se adelantó al resto del grupo y a toda prisa se dirigió al lugar de su palacio en que el peregrino solía hacer su vida. Y, efectivamente, allí lo halló, pero muerto y con la cara tan resplandeciente como la de los ángeles.

Viendo que el difunto tenía una carta entre sus manos, trató de hacerse con ella, pero no lo consiguió. En vista de ello, Eufemiano abandonó la estancia, salió al encuentro de los emperadores y de los obispos, les refirió lo que acababa de ver y regresó con ellos a donde estaba el muerto.

Los emperadores, en presencia del difunto y como si hablaran con él, dijeron:

—Verdad es que somos pecadores, pero a pesar de ello hemos asumido la responsabilidad de regir los destinos del imperio. Este otro que está aquí es Inocencio, el pontífice encargado del gobierno espiritual del mundo. Danos, pues, esa carta para que la leamos y nos enteremos de lo que en ella está escrito.

Seguidamente, el papa se acercó al cadáver y sin dificultad alguna tomó de entre sus manos la carta y la entregó a uno de sus secretarios para que la leyera en voz alta. El secretario la leyó en presencia de los mencionados y de una inmensa multitud de gente que allí se había congregado.


El dolor del padre


Eufemiano, al conocer lo que la carta decía, se conturbó de tal manera y se afligió tanto que, incapaz de soportar tanta pena, profundamente emocionado cayó desmayado al suelo.

Después, al recobrar el conocimiento, rasgando sus vestidos, arrancándose a puñados sus blancos cabellos, arañándose la cara e inclinado sobre el cuerpo de su hijo, llorando a gritos dijo:

—¡Ay de mí, hijo mío! ¿Por qué me has causado esta terrible aflicción? ¿Por qué me has proporcionado tantos años de tristeza y de sufrimiento? ¡Ay, desgraciado de mí! ¡Tú, que deberías haber sido el báculo de mi vejez, estás ahora aquí, en mi presencia, muerto y sin poder hablarme! ¡Ay, ay, ay! ¿Qué consuelo podré tener ya en lo que me queda de vida?


El dolor de la madre


Aglaes, la madre, al enterarse de lo ocurrido, como leona que acabara de romper los hierros de su jaula, desgarrándose los vestidos, mesándose su cabellera suelta y con los ojos levantados hacia el cielo, acudió al lugar tratando de abrirse paso entre la apretada concurrencia, diciendo a gritos:

—¡Apartaos! ¡Dejadme pasar! ¡Quiero ver a mi hijo, a ese hijo que amamanté con mis pechos, a ese hijo que debía haber sido la alegría de mi alma!

Cuando llegó junto al difunto, se arrojó sobre su cuerpo exclamando:

—¡Hijo mío, luz de mis ojos! ¿Por qué obraste de esta manera? ¿Por qué te comportaste tan cruelmente con nosotros? ¡Veías a tu padre y a mí llorando sin cesar tu ausencia y callaste y no nos dijiste que estabas aquí, bajo nuestro techo! ¡Te injuriaban quienes eran tus esclavos y tú soportabas en silencio sus insolencias!

Mientras estas y otras semejantes cosas le decía, inclinada sobre el cuerpo de su hijo, extendía la atribulada madre sus brazos, cogía con sus manos la angelical cabeza del difunto, la apretaba contra su seno, la besaba y repetía:

—¡Llorad conmigo los que estáis aquí! ¡Llorad conmigo todos los presentes! ¡Diecisiete años lo tuve en mi casa sin saber que lo tenía! ¡Era mi único hijo! ¡Estaba cerca de mí y yo no lo sabía! ¡Ay! ¡Qué dolor siento al recordar que nuestros siervos lo injuriaban, se burlaban de él y le daban bofetadas! ¡Desgraciada de mí! ¡Ojalá pudiera alguien convertir mis ojos en dos fuentes de lágrimas para verter con ellas de día y de noche el inmenso dolor que invade mi alma!


El dolor de la esposa


La esposa del difunto, a su vez, tan pronto como se enteró del caso, se vistió de luto riguroso, acudió corriendo a la estancia en que yacía el cuerpo muerto de su marido y, entre lamentos, dijo:

—¡Infeliz de mí, desolada y viuda! ¡Ya no tengo a quien mirar ni en quien poner mis ojos! ¡El espejo en que podía contemplarme se ha quebrado para siempre! ¡Ya pereció mi esperanza! ¡Ya sonó para mí la hora del dolor, de un dolor que nunca terminará!

Todos cuantos estaban presentes, conmovidos por lo que veían y oían, no podían contener sus lágrimas.


Los milagros y el entierro


El papa y los emperadores colocaron el cadáver en un suntuoso féretro y lo llevaron procesionalmente por las calles de la ciudad, proclamando que aquel era el hombre de Dios que, según la voz que se oyó en la iglesia, deberían buscar.

Las gentes acudieron presurosas, en masa, se incorporaron a la procesión y trataron de acercarse al cuerpo del santo. Los enfermos que lograban tocarlo quedaban instantáneamente curados de sus respectivas enfermedades, fuesen las que fuesen. Los ciegos recobraban la vista, los poseídos se veían repentinamente libres de los demonios que los ocupaban.

Los emperadores y el papa, testigos de tantas maravillas, quisieron llevar sobre sus hombros el féretro para que san Alejo, a través del contacto de sus sagrados restos, santificara sus almas. Pero, como era tan numeroso el gentío que se apiñaba alrededor de los portadores del difunto, les resultaba imposible atravesar aquella imponente masa humana.

Por eso, para ver si conseguían alejar momentáneamente a la multitud, empezaron a arrojar por las calles y plazas gran cantidad de monedas de oro y de plata, pensando que el pueblo correría ávidamente tras el dinero, se diluiría la concurrencia y quedarían huecos suficientes para que ellos pudieran acercarse al cadáver, tomarlo sobre sus hombros e introducirlo en la iglesia.

Pero la estratagema no dio el resultado que esperaban: el público, en vez de correr tras aquella lluvia de oro, se apretujó más y más en torno al cuerpo del santo.

La procesión, pues, penosamente y con suma lentitud, continuó avanzando muy poco a poco, y después de mucho tiempo llegó al templo del mártir san Bonifacio, en cuyo interior quedó el cadáver colocado y expuesto a la pública veneración.

Siete días y siete noches, ininterrumpidamente, los fieles desfilaron ante los venerables restos de san Alejo, cantando incesantemente alabanzas en su honor. Durante toda aquella semana, en la referida iglesia de san Bonifacio se labró un sepulcro con materiales nobles y guarniciones de oro y de piedras preciosas. Y cuando estuvo terminado, en él fue depositado el sagrado cuerpo.

En cuanto terminó la ceremonia del enterramiento, todos los asistentes notaron cómo de aquel sepulcro fluía un suavísimo aroma que se extendía por el interior del templo.

San Alejo murió hacia el año 398 del Señor, un 17 de julio.